Una lectora movió una silla al pasillo durante una tormenta eléctrica. Colocó una lámpara en el suelo, luz rasante, y dejó que los truenos marcaran duelos y cabalgatas. Dijo que la madera crujía como nieve. Cerró Guerra y paz con la sensación de haber vuelto de una campaña larga, empapada, orgullosa, y con la paz doméstica sonando como una música humilde y reparadora.
Otro lector leyó Tayeb Salih con la espalda contra la pared del balcón, una planta de papiro en maceta y un termo de té con menta. El rumor del tráfico se volvió agua lejana. Subrayó palabras como corriente, delta, memoria. Al terminar, dijo haber olido barro húmedo, y que su ciudad, sin río visible, guardaba también orillas secretas donde quedarse a pensar tranquilo.
Una mañana de sábado, cocina abierta, albahaca fresca en la ventana y tazas desparejadas sobre la mesa. Las voces de Nápoles parecían venir del patio de vecinos. La lectora anotó frases como si fueran recetas heredadas. Cuando un secreto explotó, dejó hervir la pasta un minuto más, respiró hondo y comprendió que, a veces, la fuerza de crecer consiste en nombrar el propio miedo.